
Las Hilanderas de Escarcha
Tejen hilos que se congelan al tocar el aire. No comen carne: comen recuerdos.


Arrástralo para girarlo
Una novela de fantasía épica, misterio y aventura
Un mago que ya no puede caminar. Un sirviente que no sabe quién es. Y una montaña que nunca lo olvidó.
Ebook desde US$2,99 · Incluido en Kindle Unlimited · También en tapa blanda
La historia
Durante treinta años, Fen ha sido el pequeño sirviente de un mago cascarrabias. Le prepara té de ortiga, le remienda el tejado y cuida un fuego que no se ha apagado en catorce inviernos. Nadie le ha preguntado nunca de dónde viene.
Aldric Vann ha dedicado su vida entera a una obsesión: el Umbral de Ceniza, una puerta que se abre una vez cada cien años en la cumbre de Ithrengard, la montaña maldita donde la nieve cuenta los años que roba. Ahora la puerta está a punto de abrirse, y Aldric sabe que no llegará vivo a la próxima.
En el camino los esperan criaturas que solo buscan matar y otras, más antiguas, que prefieren hacer tratos. Cada paso cuesta años. Cada respuesta cuesta algo más. Y mientras la piedra avanza por el cuerpo del mago, Fen empieza a descubrir que la montaña lo conoce…
Una novela sobre la amistad, la lealtad y lo que estamos dispuestos a dejar atrás.
CAPÍTULO 1Té de Ortiga y Otras Guerras Domésticas
La cabaña de Aldric Vann estaba construida a media falda de una colina que no tenía nombre, en un valle que tampoco lo tenía, y a nadie en toda la región se le había ocurrido nunca que ninguna de las dos cosas lo necesitara. Era una casa pequeña y terca, de piedra gris como todas las de la comarca, con un techo de paja que Fen remendaba personalmente cada otoño, subido a una escalera que le quedaba tres veces más grande de lo necesario. Tenía una sola ventana, una chimenea demasiado grande para la sala y una puerta que se atascaba en invierno. Y tenía, sobre todo, libros.
Estaban por todas partes. Se apilaban en columnas junto a las paredes, debajo de la mesa y a los pies de la cama, sobre los estantes y encima de los estantes, en torres tan altas y tan torcidas que desafiaban toda lógica. Algunas llevaban años sin que nadie las tocara, y Fen sospechaba que se sostenían más por costumbre que por equilibrio. En un rincón, una gotera vieja caía sobre un cazo de cobre con una regularidad casi musical: gota, pausa, gota. Nadie la había arreglado nunca. Con el tiempo se había vuelto una especie de reloj.
Y en la chimenea ardía el fuego. Llevaba encendido, sin interrupción, catorce años. Era un pequeño orgullo silencioso de Fen, que consideraba apagar el fuego una especie de traición personal, y que en catorce inviernos no había dejado que se consumiera ni una sola noche.
Aquella mañana, como casi todas, la cabaña olía a humo de chimenea, a papel viejo y a algo quemado que nadie quería nombrar.
Aldric Vann estaba en su sillón, junto al fuego, con un libro abierto sobre las rodillas. Llevaba tres días fingiendo leerlo. Era un hombre viejo, de barba blanca y larga, más larga de un lado que del otro porque siempre se la rascaba con la misma mano cuando pensaba, y tenía en la frente una arruga honda entre los ojos, de esas que no se hacen en un día, sino en setenta años de encontrarle a todo algún defecto. El sillón tenía su forma exacta. Tenía también un muelle roto que asomaba por un costado y que Aldric se negaba a arreglar, porque decía que le recordaba que la comodidad era una ilusión.
El olor a quemado llegó hasta él desde el rincón de la cocina. Aldric arrugó la nariz sin levantar la vista.
—Fen —dijo—. ¿Qué es ese olor?
—El desayuno, amo —respondió una voz desde la cocina, con una seguridad absoluta.
Aldric esperó una aclaración. No llegó ninguna. Cuando por fin preguntó de quién era aquel desayuno, la voz le contestó con la misma calma, como quien enuncia una ley de la naturaleza:
—Del desayuno, amo. Simplemente eso. Un desayuno tiene derecho a oler como quiera.
Aldric bajó el libro despacio. Lo hizo con la parsimonia de un hombre que ha tenido esta misma conversación, con variaciones mínimas, durante casi treinta años, y que sabe exactamente cómo va a terminar. Al dejarlo sobre las rodillas, las manos le temblaron un poco. Eran manos nudosas, manchadas por décadas de tinta y hechizos menores, y aquel temblor era nuevo; había empezado a finales del verano. Aldric prefería no mirarlo. Fen, sin decir nada, había empezado a mirarlo mucho.
Había, en la historia de la cabaña, un precedente que pesaba sobre toda aquella mañana, y era el del zapato.
En la montaña

Tejen hilos que se congelan al tocar el aire. No comen carne: comen recuerdos.

No se alimenta de mentiras, sino de silencios.

Mesa te sirvo, cama te doy, nada te pido de lo que soy.

No tienen ojos, porque la noche no los necesita.

Un paso sobre el hielo es un golpe de tambor. Dos pasos, una llamada.

No graznan. Solo miran, y esperan.
El camino
El libro incluye este mapa completo, dibujado a tinta. Toca la imagen para verlo en grande.
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Tapa duraPara coleccionistas
Para los lectores
Antes de la maldición, cuando todavía eran altos como juncos. Una historia que no está en ningún libro, solo para quienes se unan a la lista de lectores. También te aviso primero de la edición especial y de la próxima novela.
El autor
Narrador colombiano. En sus redes comparte historias, mitos y leyendas de los mundos de fantasía que lo formaron como lector. El Último de los Ilvain es su primera novela: la historia de un mago que buscó toda la vida una puerta y de un pequeño sirviente que nunca pidió nada.